Pasé por la ferretería como siempre a comprar unos clavitos y salí, como siempre, con algo muy diferente…, en este caso, con una escalera de madera de 1.90m.
Comprarla fue cosa simple, pero luego me di cuenta que no podría meterla en un taxi y que contratar una camioneta me salía más caro que la escalera.
Así estaban las cosas.
Y mientras caminaba, sin darme cuenta, hacia la parada del autobús, decidí, claro, subir al autobús con la escalera… y punto, además era sábado y seguro que no habría muchos pasajeros.
Cuando llegué a la parada entendí que la cuestión no era tan simple…, la gente miraba la escalera, me miraba a mí, luego de nuevo miraban la escalera. Yo apostaba por el hecho que por estos lares los autobuses tiene en el medio un sector para sillas de ruedas y/o cochecitos de bebés y que, en dirección a mi pueblito, generalmente, no se usan con esos fines.
Entretanto, la gente seguía llegando a la parada y seguían mirando ese cuadro surrealista de “Un forastero y una escalera”.
Finalmente el autobús llegó. Me acerqué a la primera puerta. El chófer me miró con extrañeza. La puerta seguía cerrada. Las otras dos ya estaban abiertas. Le hice una seña al chófer y este abrió la puerta…
-Perdone, Usted…, me permite subir con esta escalera por la puerta central? La pondré a lo largo… no molestaré a nadie…
Me miró de arriba abajo…, miró la escalera (que hacía rato que la había visto) y finalmente asistió con un movimiento de cabeza (que por esos lares son al revés, es decir, cuando lo búlgaros asienten están negando y cuando niegan, están diciendo que sí!).
Subí con mi escalera y la acomodé de tal forma que molestase lo menos posible y con la mano le hice una señal de agradecimiento al chófer, que me miraba por el espejo retrovisor.
El viaje… normal, lo de siempre…, gente amable ocupada de sus cosas.

Así llegamos hasta mi parada. El autobús se detuvo y yo me bajé con mi escalera, no sin antes hacerle otra señal de agradecimiento con la mano al chófer… Pero, para mi sorpresa, el autobús no se puso en marcha. Me dio la sensación que el chófer me esperaba. Al pasar por la primera puerta esta se abrió y antes que yo pudiera agradecerle nuevamente…
-Es Usted extranjero – me preguntó el chófer.
-Sí…, ¿por qué?
-Porque los búlgaros no preguntamos nada, simplemente, nos subimos. Chao!!
Y me dejo pensativo, con mi escalera, en la penúltima parada de mi pueblo.
